MÁSCARAS PARA UN OLVID
Muchas veces me pregunté qué rostro tendría el olvido.
Aquel que sería mi olvido, mi propia tormenta sin retorno, mis únicos suspiros disfrazados de acertijo.
Mi olvido acaso tenga el rostro enigmático de aquel hombre que ví una sola vez, que no olvidaré jamás, pero cuyos rasgos sería incapaz de reconocer entre la gente. Aún si estuviéramos solos en el mundo, y alguien (uno de esos fuegos fatuos que atraviesan mis días) me dijera "es él". Tantas veces imaginé el momento caliginoso, el atisbo engañoso, que no creo poder tener otra reacción más que la de huir. (Y como dijo Breton, los que se rían de esto son unos cerdos). Deseable y viejo desconocido mío, mi olvido toma la forma de tu piel, que sabré reconocer únicamente a la luz de nuestra ausencia.
Desde que aquel hombre eclipse me olvidó sin ambages, busco desesperadamente el olvido y trato de explorar sus telas de silencio. ¿En qué torrente se disolvió el relámpago? Y entre todos los caminos que crearon el segundo del olvido, ¿cuál fue el que debí tomar para impedir que menguara nuestra estrella?
Hay algo que me acosa: ¿ y si el olvido tuviera el rostro siempre nuevo de aquel que me distrae de los demás olvidados? Un hombre que no es nunca el mismo, ese hombre de múltiples facetas que me mece entre sus arenas movedizas, y por cuyas manos pensé poder ausentarme del juicio en el que estaré frente a un jurado invisible, -el de mis olvidados-, y en el que juzgaré a un imperdible, el que me olvidó.
Si, como Orfeo, voy tejiendo melodías hasta el infierno de la memoria, ¿ qué demonios podré encontrar?
Tal vez descubra una noche sin sombras, un eterno baile de máscaras dado en mi honor en una galería de espejos de humo, al que nunca me llamaron. Cada invitado tendrá una máscara de vidas que acaso fueron mías - y al quitársela quizás descubra que detrás de ella no hay nada más que un abismo de cenizas.


gabriela trujillo

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